Ayer llegué como cada lunes por la noche al Motel de carretera en el que vivo entre semana, en algún lugar entre Craiova y Filiasi. La recepcionista me pidió que rellenara el formulario de ingreso como un turista más; una curiosa novedad.
Sólo me había registrado en el Motel la primera noche , en los lejano días de principios de septiembre, y desde entonces se habían limitado a aceptarme, como el español raro que paga por transferencia bancaria, sin tomarse la molestia de consagrarse a la eterna ceremonia de santificación de la burocracia que es el registro en la recepción de cualquier hotel rumano.
Pero ayer a la recepcionista se le dio por registrarme, qué se le va a hacer. Yo estaba de buen humor. Suelo venir relajado de Bucarest, y más cuando me entero de que el Project Manager se ha mudado a un apartamento en Craiova y no va a indigestarme la deliciosa salata de vinete del Hotel con sus miradas penetrantes, sus dudas existenciales, sus eternos “habría que…” y sus interminables sobremesas.
Además el taxista que me había traído desde la estación de tren de Craiova era de lo más majo. Aunque nuestra conversación empezó con un tópico “¿Así que es usted español? Dígame, los vascos esos, ¿en qué parte están?¿Son realmente malos?” y siguió con mi clásico “Sí señor, son malos de todo, como los húngaros de ustedes. Pero los peores son los catalanes, fíjese usted que una vez…“, acabamos hablando de cosas algo más interesantes. Me encantó enumerarle los vascos de la selecció española del Mundial 94, lo que pareció impactarle sobremanera (“¿¡Bakero también era vasco!?“).
A lo que iba. Todas estas circunstancias (el recuerdo de Bucarest, la mudanza del Project Manager, la conversación con el taxista) se habían combinado de tal manera que cuando llegué a la recepción estaba de muy buen humor, así que no me molestó volver a pasar el trance de registrarme en el Motel.
Entonces llegó el shock.
No me refiero a volver a explicar que nuestro Boletin no tiene Serie, señora, que yo lo que tengo es DNI, y mi DNI tiene un número y no tiene Serie y no hay más que hablar. No, después de casi dos años en este país he descubierto que es mucho más efectivo para salir del paso convertir el DNI en Boletin e inventarse una Serie para el DNI (¿qué mejor que usar el dígito de control?).
El shock llegó de improviso, en un momento aparentemente inofensivo que a casi cualquiera hubiera pasado inadvertido y hubiera olvidado tras unos pocos minutos.
Pero no a mí.
La recepcionista, sin alzar los ojos, con voz monótona y sin mostrar ninguna emoción (aparte de un pegajoso aburrimiento), preguntó: “¿Domicilio?“.
Buena pregunta.
Inmediatamente pensé que lo más parecido a un domicilio para mí era el propio Motel, mi verdadero domicilio de lunes a viernes, aunque no creo que fuera el tipo de respuesta que se esperaba la probablemente malpagada recepcionista. Y mis dos años en Bucarest no me han vuelto tan pijo (porque Bucarest es una ciudad extremadamente pija, aun a pesar de las apariencias) como para responder “yo soy un ciudadano del mundo y allá donde estoy, allá tengo mi domicilio“. Posiblemente me hubiera replicado que de haber dicho eso en sus tiempos de buena gana me hubieran deportado a Siberia acusado de cosmopolitismo.
Así que puse mi mente a trabajar. Vamos a ver. Entre febrero y julio estuve viviendo en el apartamento de Dorobanti con Javi. Después me fui a vivir al Hotel de Vidin, en Bulgaria, y mi lugar en Dorobanti lo ocupó Elena, pero el contrato siguió a mi nombre. Cuando me mudé a la casa de Apahida (provincia de Cluj, noroeste de Rumanía) todavía utilicé la dirección de Dorobanti como domicilio a efectos de correo, aunque por allí apenas pasaba algún fin de semana, en calidad de invitado y durmiendo en el sofá.
A finales de agosto pasé por Vigo y por Albania, y cuando volví a Apahida fui víctima de un desahucio (unos portugueses ocuparon la casa) y fui realojado en un polvoriento motel de Sannicoara.
No por mucho tiempo.
La semana siguiente volví a Bucarest, alojándome de nuevo en el sofá de Dorobanti, aunque sólo de camino hacia este Motel de carretera entre Craiova y Filiasi en el que empecé a vivir de lunes a viernes. Los fines de semana volvía a Dorobanti, en donde a partir del día 8 de septiembre reocupé la habitación (tristemente, pues tuvimos que decir adiós a Elena).
Fue una solución temporal.
El día 22, sábado, abandoné con mis pertenencias el piso de Dorobanti, porque el día 30 de septiembre vencía el contrato y Javi se iba el día anterior, así que me realoje en el apartamento de Mendelev, también en el centro de Bucarest y también de modo provisional .
El mismo día 30 (el domingo pasado) estuve entretenido empaquetando mis cosas en Mendeleev (sólo había disfrutado su céntrica situación durante 2 fines de semana), porque el próximo sábado me mudo al piso de Protopopescu, con Adrián. Espero las maravillosas vistas del apartamento de Strada Aviator Stefan Protopopescu de Bucarest acaben siendo mías durante los fines de semana de los dos próximos años.
Con todo esto, comprenderéis que no sabía qué decir cuando la bendita recepcionista me preguntó por mi domicilio. Y por supuesto acabé dando la dirección de casa de mis padres, en Vigo; aunque paralelamente a todos estos acontecimientos ellos habían estado redecorando el piso: Mi hermano ocupó mi habitación y mi padre la habitación de mi hermano (eso sí, reservándome una cama para mis futuras visitas).
Así que tras el shock, la reacción: Hoy me he escapado a Craiova a ver apartamentos, he visto uno que me ha gustado, en pleno centro, he llegado a un acuerdo entre caballeros (¡ja!) con el propietario y espero firmar el contrato de alquiler esta misma semana.
Mis días de nómada agonizan. Mejor: Si no acabaría agonizando yo.